La maternidad no era lo que yo creía
Durante
muchos años pensé que sabía lo que era la maternidad. Hablar siendo
hija , prima, nieta, sobrina, etc. no es lo mismo que hablar siendo
Madre verdad?
Pero, si soy sincera, creo que mi idea de la palabra madre terminaba en mi propia madre. En su forma de ser, en sus batallas y aciertos más que en su forma de maternar.
Sin darme cuenta, heredé una definición de la maternidad que siempre cuestioné.
Para mí, una madre era la mujer que cuidaba.
La que sostenía.
La responsable de todo.
Y, por supuesto, la culpable de todo.
¡Ay de ella si no sabía prever las consecuencias de cada decisión!
La imaginaba demasiado protectora, demasiado preocupada, demasiado entregada.
Había algo en esa imagen que me incomodaba profundamente.
Como si ser profundamente maternal tuviera un halo de vergüenza.
Como si darlo todo fuera sinónimo de debilidad.
En conversaciones íntimas con amigas fuimos confesando, una a una, algo que nunca habríamos dicho en voz alta: ese famoso "instinto maternal" no tenía demasiado sentido para ninguna de nosotras.
Éramos mujeres independientes.
Creativas.
Con proyectos.
Con ideas.
Con hambre de mundo.
La maternidad parecía no hacer honor a su nombre en boca de mujeres que se sentían soberanas de su propia vida.
Y yo me incluyo.
Mis hijos eran otros.
Eran los libros que escribía. Los proyectos que imaginaba. Las mujeres a las que acompañaba. Mi vocación de escuchar. Mi creatividad. Mi necesidad de comprender el alma humana. Mi búsqueda espiritual.
Con el tiempo comprendí que incluso esa verdad también estaba hecha de expectativas.
De la imagen que había construido sobre quién debía llegar a ser.
Aquella disciplina fue una de las mayores pasiones de mi vida.
Y, en algunos momentos, también una prisión.
Hasta que nació mi hijo.
Y entonces comprendí que toda esa búsqueda no era el destino.
Era el camino.
La maternidad no vino a enseñarme a elevarme más alto.
Vino a enseñarme a descender.
A encarnar.
A habitar completamente este cuerpo.
A sentir que la intuición no era una idea espiritual, sino un órgano más de este templo vivo.
Comprendí que mi verdadero viaje ya no consistía en seguir buscando.
Consistía en integrar.
Y mi maternidad comenzó realmente el día en que entendí que la primera persona a la que tenía que maternar era a mí misma.
Con la misma paciencia con la que tantas veces había sido intransigente.
Con la misma ternura con la que tantas veces me había tratado con dureza.
Con la misma presencia con la que hoy sostengo a mi hijo, aprendí a sostenerme también a mí.
Más con las tripas que con las emociones.
Y entonces comenzaron a aparecer preguntas para las que todavía no tengo respuestas.
¿Hasta qué punto la forma en que fuimos maternados determina la forma en que maternos?
¿Qué parte de nuestra manera de amar pertenece a nuestra historia y cuál nace verdaderamente con nuestros hijos?
La neurociencia afirma que el cerebro de una mujer cambia para siempre después del embarazo.
Yo me pregunto si no cambia también la memoria.
Si no empezamos a recordar, de otra manera, todo aquello que recibimos y todo aquello que nos faltó.
Meditar ya no significa para mí escapar hacia un lugar más elevado.
Significa recordarme.
Recordar el amor.
La sabiduría.
La paz.
La inocencia que sigue existiendo debajo de todas las capas que fui construyendo.
Creo profundamente que los seres humanos irradiamos energía constantemente.
Y la energía materna posee una fuerza inmensa.
Puede nutrir.
Puede proteger.
Puede reparar.
Pero también puede controlar, herir o sofocar cuando nace del miedo y no de la presencia.
Por eso hoy intento volver, una y otra vez, a ese lugar silencioso donde puedo elegir desde el amor y no desde la reacción.
No siempre lo consigo.
Pero esa también es parte de mi práctica.
Solo entonces comprendí algo que nunca había imaginado.
La madre que durante tanto tiempo busqué fuera de mí no era una mujer perfecta.
Era una presencia.
Una manera de habitarme.
Era la mujer en la que, poco a poco, me estoy convirtiendo.
Y quizá ese sea el verdadero nacimiento que trae la maternidad.
No solo el de un hijo.
Sino el de la madre que, por fin, aprende a abrazarse a sí misma.
Estoy muy agradecida de que mis palabras encuentren refugio en tu corazón, un abrazo largo y sincero.
Con toda honestidad ,
Fiorella G.



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